Quiero contar una historia que va más allá de los juguetes. Una historia que no se cuenta, o que quizás no se ve: esos dolores que se te clavan en el alma cuando te enganchan, cuando caes en la trampa, cuando te miran a los ojos y te están mintiendo. Quiero contar la parte fea. Cuando te estafan, cuando te roban, y cuando hay que volver a levantarse.
Para un emprendedor, para un soñador, no hay nada más terrible que te engañen. Cuando uno se rompe el lomo luchando por un sueño, siempre va a haber alguien dispuesto a hacerte una zancadilla. Siempre. E imagínate hoy, con la IA, lo creativos que se pueden poner los estafadores.
Así que aquí te voy a contar, a ti, al emprendedor, al que está pensando en traer un juguete nuevo y competirle al viejo de la juguetería de Las Condes que lleva más de 20 años en la pelea. Te voy a dar todos los datos de cómo te pueden, como dicen mis amigos mexicanos, de cómo te pueden chingar, jajaja.
Los tiempos cambian, pero la gente mala y envidiosa siempre va a existir. Y ojo, no confundamos: una cosa son los malos pagadores, de esos está lleno el mundo: empresas, instituciones y personas, algunos por falta de caja, otros por desorden, otros por hacer la bicicleta, pero eso es parte del juego y no es lo que voy a tocar aquí.
Esto es una guía de lo que me pasó y de cómo lo afronté. Ojalá te sirva. Y si alguien más quiere compartir su historia, por favor cuéntala, porque entre emprendedores hay que protegerse.
Lo que Brilla no Siempre es Oro
Partamos por el principio, con algo que probablemente has escuchado antes: lo que brilla no siempre es oro. Y para un emprendedor eso no es fácil de ver, porque lo que te mueve es ganar dinero, hacer las lucas para tu familia. Yo siempre he luchado por la gloria y por mis cuatro mujeres, por darles todo lo que esté a mi alcance.
Cuando te dedicas a vender productos, ya sean camas elásticas (las mejores camas elásticas, en mi caso) o azulejos para el baño, siempre va a haber alguien que te quiere ver la cara para hacerla fácil. Y se la saben por libro.
Esta historia no la he contado nunca, y se me aprieta el pecho al hacerlo, porque duele. Pero aquí estoy. Y si yo salí adelante, es porque todos pueden.
La Estafa Más Vieja del Mundo: El Apuro del Viernes en la Tarde
Corría el año 2004 y estaba feliz vendiendo mis primeras saltarinas. Con eso empecé. Imagínate, casi nadie las tenía en el mercado, hasta que llegaron las cadenas de retail con sus versiones que duran poco y saltan mal (aunque los niños igual las adoran, hay que reconocerlo).
Si alguien está apurado un viernes en la tarde, te digo altiro: prende todas las alertas. Esa es la más vieja de todas. Están esperando con la camioneta afuera para retirar, mientras tú juras que estás haciendo el negocio de tu vida. Esta es la base de la estafa, la que intentan hacer desde ayer hasta hoy. Solo en este 2026 ya llevo al menos 3 intentos.
Te describo la coreografía completa, porque conocerla te puede salvar:
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Primera escena: se hacen amigos del vendedor. Inventan que están armando un negocio o que son de una empresa importante. Todo es falso: el mail, los teléfonos, los WhatsApp, las direcciones. Todo fake.
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La señal de oro: ¿conoces a algún chileno que no pida descuento o que no busque el mejor precio? Casi todos lo hacemos. Entonces, cuando alguien quiere comprar una suma importante y no te regatea ni un peso, prende la alerta. Ese desinterés por el precio es para que piques el anzuelo y te nuble el juicio.
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El cierre: como tu vendedor quiere llegar a la meta y es simpático y habla hasta por los codos, va a soltar toda la información. Entonces llega una orden de compra con la firma de medio directorio y sellos de lo más creativos, prometiendo una transferencia. Y de repente están apuradísimos por retirar porque "es una emergencia".
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El golpe: te mandan un mail (siempre tarde, siempre en fechas raras) diciendo que la transferencia está lista, que por favor necesitan pasar a retirar. Y de plata, nada. A veces, un cheque, muchas veces de regiones o de sectores que jamás calzan con el cuento inicial. Un cheque robado, sin fondos. Si tú no eres quien revisa, o andas apurado, o sin experiencia (como me pasó a mí en los primeros años), no distingues entre el saldo contable y el disponible de tu cuenta. Le haces la factura a una empresa que existe pero que nunca fue de ellos, y en tres milésimas de segundo ya están retirando.
El que retira nunca sabe nada. Mentira: sabe todo. Es muy buen actor, o es el mismo cara de palo que armó todo. Te da la mano, te cuenta hasta un chiste, inventa con una imaginación digna de Julio Verne. Y el lunes te llama la ejecutiva del banco: "cheque de otro banco devuelto". ¿Y qué puedes hacer? La verdad, poco. Desde que entregaste la mercancía, olvídate de ella. A menos que tengas un GPS en tu producto, no lo vas a encontrar.
Cuando me tocaba estar en primera línea, era yo quien entregaba, y no se arrugaban en apretarte la mano y mirarte a los ojos. Cuando uno no tiene maldad, no la ve. Pero con el tiempo te pones más fino, y siempre hay señales.
Mi Primer Encuentro con la Realidad: El Viaje a Rancagua
Me acuerdo de la primera vez. Estaba en Bellavista, en Dardignac, en un estacionamiento que mi suegro me arrendaba por cuatro chauchas, donde guardaba los autos que entraban a su taller. Grandes recuerdos de mis inicios.
Se me acerca un cabro joven que decía ser emprendedor. Venía muy bien vestido, reloj elegante, camioneta enorme y nueva, peinado con gomina. Quería empezar en el negocio de las saltarinas para arriendo. Me compra 3. Imagínate, ese año vendí unas 150 en total, así que de un zopetón se llevó el 2% de mi negocio anual. Cuando estás empezando, eso lo es todo. Se las entrego y se va.
En esa época internet recién empezaba, no tenía un peso para pagar un servicio de verificación (quizás ni sabía que existía), y tener un POS era carísimo. Por suerte, ese día tuve que cerrar temprano porque me iba a Parque Renner, y andaba con mi celular, sí, el ladrillo que varios tuvieron, no se hagan los giles, jajaja. Me llama como a las 18:00 diciendo que se había conseguido más capital y quería 3 más. Hice todo lo posible, pero ya no había nadie disponible para entregárselas. Por suerte, porque ahí estaba el segundo anzuelo.
Con la ayuda de mi viejo, que siempre me aconsejó bien, me conseguí sus datos. Tenía una dirección en Rancagua. ¿Y adivinen para dónde partí? A Rancagua, a buscar mis saltarinas.
Llego a un sector rural precioso, de casas de adobe pintadas, muy del campo chileno tradicional. Toco y nadie contesta, menos mal, porque hoy que lo pienso, no sé qué habría hecho si me lo encuentro. Violento jamás he sido; con las palabras siempre se consigue más. Empiezo a preguntarles a los vecinos, y tengo la suerte de encontrarme con un abuelito. Ya se imaginan la escena: el señor que se sienta en una silla afuera de su casa a ver quién pasa, a tomar el sol y a ver pasar las horas, y al que le haces el día si le regalas una conversación.
El señor me empieza a contar de esa familia y de todos los líos en los que andaban metidos. Que el muchacho venía saliendo de la cárcel. Cuando escucho eso, me digo a mí mismo: "Seba, ¿en qué estás metido?". Admito que me dio susto. Y entendí algo: esta persona jamás me va a devolver mis productos, y no merece que le gaste más tiempo ni energía. Como a miles de emprendedores les ha pasado: borrón y cuenta nueva, a darle con todo y a tener más cuidado.
Cheques como Reliquias y Empresas que se Caen
Como esa, por desgracia, hubo varias. En esos años los cheques eran la norma, y gracias al cielo eso cambió. El estafador siempre sabe qué cheque usar para despistarte: no usa el que está todo manchado, sino probablemente la primera chequera de alguien, o la de algún abuelito al que le robaron toda la chequera de una empresa vieja que ya no usa. Todavía guardo algunos de esos cheques como reliquias. Al final son parte de la historia de cada uno.
Y está la otra, la más fea: la empresa que está a punto de quebrar. Esa es terrible porque están limpios, existen, a veces hasta son conocidos, y antes de cerrar las persianas salen a cerrar todos los negocios posibles. Si vas a aceptarle una orden de compra a 30 días a una empresa o municipalidad, revisa todos los antecedentes antes. Hoy, con el portal de Mercado Público y la nueva ley de pago a 30 días, es más fácil chequear el historial.
Yo simplemente corté por lo sano: si no te conozco, no hay crédito. Para eso están las 12 cuotas sin interés con tarjeta que ofrecemos. No te dejes encandilar porque te digan que son "grandes": si son tan grandes e importantes, que ayuden a las pymes pagando al contado.
La Regla de Oro: Primero se Cobra, Después se Entrega
Y déjame agregar algo, porque la gente cree que el cheque es el único cuco. Una vez me estafaron con un vale vista falso. Sí, ese papel que todos juramos que es infalible, que es "como plata en mano". Me lo trajeron, se veía perfecto, y era trucho. Así de secos son.
Desde ese día tengo una sola regla, sin excepciones: primero se cobra, después se entrega. ¿Que alguien hoy me quiere pagar con cheque o vale vista? Perfecto, los recibo. Pero el documento entra, se hace efectivo, y recién ahí sale la mercancía. Punto. No hay urgencia, amistad ni "negocio del año" que valga más que esa regla. La inventé pagándola cara, así que tómala gratis.
El Golpe Más Grande: Hackers, Hong Kong y el Ramadán
Lo que les voy a contar ahora pasó antes de la pandemia y fue el golpe más grande que me han dado.
Si eres cliente, sabes que muchas de nuestras marcas son de origen europeo, y las llevo en el corazón. A uno de esos proveedores, al que ya no le compro porque dejó de ser competitivo, los mercados cambian, le compraba por años. La relación era principalmente por mail y algo de WhatsApp. Me atendía una ejecutiva con la que había cierta cercanía, o al menos eso pensaba yo.
Se acercaba el pago final, y no era menor: un poco más de 20 mil dólares. De repente, la conversación por mail cambia. Algo pasa. Todo seguía dentro de lo "normal", con las bromas de siempre, pero más agudo, más puntudo. Raro, pero tampoco la conocía tanto. Y de pronto me apuran el pago, que si no, el contenedor no sale, puros problemas que en las importaciones de verdad ocurren, y yo contra el tiempo, contra la Navidad. Hasta que me dice que hay que cambiar la cuenta a una cuenta en Hong Kong. Red flag inmediata. Algo olía muy mal.
Sigo mi instinto y me voy al WhatsApp a preguntarle quién es esta persona y por qué hay que cambiar la cuenta. Justo era viernes, esas 18:00 en que algunas empresas se desconectan y no contestan más. La conversación se corta. Ella quedó con la duda de lo que yo le preguntaba, pero, y esto fue todo planeado por los hackers, se iba de Ramadán y se desconectó por completo unos 5 o 6 días.
En ese intertanto, por mail, la cosa se pone pesadísima: que cuál es el problema, que hay que pagar urgente. Y contra esa urgencia, ¿me van a creer que voy y pago? Un par de días después le mando el comprobante a finanzas, y me dicen que la cuenta es equivocada. Y ahí me cae toda la realidad encima: "¿qué cresta pasó?".
Lo reconstruí después: hackers que se escondían haciendo pimponeo de IP por África, sí, África, heavy, habían intervenido el mail de ella. Habían leído todos sus correos, todo nuestro historial, sabían cómo nos hablábamos, conocían sus fechas, y usaron el Ramadán a propósito porque sabían que iba a estar desconectada. Ella nunca recibió los mails que yo le mandé: se iban a otra cuenta.
Llamé a la gerencia y me trataron pésimo, haciéndome quedar como un imbécil, echándome toda la culpa. Lo hablé con abogados y con otros proveedores, y todos me daban la razón. Al final acepté irnos 50% y 50% con el costo, pero la sensación fue horrible. Hoy, casi 10 años después y con mucha más experiencia, lo veo claro: a ellos los hackearon, no a mí. La ejecutiva cortó la conversación un viernes a las 18:00 simplemente porque era su horario. Yo le importaba poco; nadie le pagaba a ella para seguir hablando conmigo el fin de semana.
Y ojo con esto: si ya pagaste el SWIFT, no hay forma de que te lo devuelvan. ¿Qué hice? Seguir remando. Con ventas había que recuperar el hoyo, y un hoyo de más de 10 mil dólares, les prometo, es heavy. Pero de todo se sale, y se sale más fuerte, más sabio, y con una piel de cocodrilo que ni les cuento.
La lección: cuando algo te parezca raro, detente. Habla con tu socio, con tu pareja, con un amigo, con el ejecutivo del banco que conoces hace años. No te quedes con la duda nunca, porque uno a veces está tan metido en su propia burbuja que no lo ve.
La Peor Lección: El Enemigo Dentro de Casa
Pero lo más duro no es cuando te estafa alguien que no te quiere o que desconfía de ti. Lo peor es cuando tienes al malo dentro de tu propia casa y no lo ves. O, a veces, cuando no lo quieres ver.
Como dice el dicho: ves caras, pero no corazones.
Hubo una época en que tuve a alguien de mucha confianza trabajando conmigo. Alguien capaz, en quien delegué demasiado y a quien, lo admito, llegué a considerar un amigo. Y con el tiempo, esa confianza ciega me costó cara.
Lo más duro de reconocer es que las señales estaban ahí mucho antes de que todo explotara. Había pillado cosas que no cuadraban, pero no las quise ver. Fui ciego porque estaba cómodo, en mi zona de confort. Y les digo algo, emprendedores: salgan siempre de su zona de confort. Es el peor lugar donde pueden estar. Sé que se ve rico, pero el camino de piedras y fuego es el que tiene los mejores premios en la meta.
Cuando finalmente se abrió la caja de Pandora, me enteré de todo. La codicia siempre termina destruyendo al que la carga, y de alguna manera eso me terminó salvando. Enfrentar esa situación fue de las cosas más difíciles que me ha tocado: descubrir que alguien podía mirarte a la cara y mentirte sin que se le moviera un músculo.
Pero hay una herida de esa época que me duele más que la plata que perdí, y es esta: esa ceguera mía no solo me costó a mí. Le costó a un inocente.
En medio de todo ese desorden, un día se descuadró mercadería en la bodega. Y yo, cegado, confiando en quien no debía y desconfiando de quien no correspondía, terminé despidiendo a un buen hombre. Un tipo trabajador, que amaba su pega, bombero además, de esos que saben cosas que el común de la gente jamás sabrá, porque han estado donde nadie quiere estar. Él me juró y me rejuró que no había hecho nada. Y yo no le creí.
Mucho tiempo después entendí la verdad: tenía las manos limpias. Siempre las tuvo. Le pagué todo lo que correspondía y la cosa no pasó a mayores en lo legal, pero eso es lo de menos. Me quedó una espina clavada que todavía cargo, porque nunca lo pude encontrar para decirle lo que merecía escuchar: que yo sé que él no era un ladrón. Que me equivoqué. Que lo siento.
Si la vida algún día me cruza con él, se lo voy a decir en la cara. Esa es la peor cara de las estafas, la que nadie te cuenta: no solo te roban la plata. Te roban el juicio, y con ese juicio nublado eres capaz de hacerle daño a gente buena sin darte cuenta. Esa culpa pesa más que cualquier cheque sin fondos.
De esa etapa aprendí a tener siempre el tercer ojo abierto. Hoy prefiero, mil veces, tener gente menos hábil pero honrada. Capacitar es un arte, y todos pueden aprender a hacerlo mejor; así me lo ha demostrado el gran equipo que consolidé después. A mis muchachos de hoy, que con acciones me han demostrado que tienen las manos limpias: no saben cuánto se agradece. Hoy me siento profundamente apoyado, y eso no tiene precio.
No me quedó rencor. De hecho, me acuerdo de buenos momentos también. Y quizás esa persona me enseñó la lección más difícil de todas: que nunca, jamás, hay que dormirse en los laureles. Porque la rueda se puede copiar, pero los colores de la rueda y la pasión con que la manejas, eso no es copiable. Y un negocio sin pasión por lo que hace, tarde o temprano, se cae solo.
El Caso que Llegó a Tribunales: Los 10 Ferrari
Hasta aquí te he contado estafas que terminaron en borrón y cuenta nueva. Pero hubo una que decidí pelear hasta el final, y por eso conocí un mundo que jamás imaginé pisar: el de la justicia.
Fue por el 2014. En esa época yo tenía la representación de Ferrari para los autos a pedales, y déjame decirte que eran un imán. Ponías un Ferrari a pedales en cualquier publicación y llegaban todos a preguntar. La gente los arrendaba, los regalaban, eran el furor. Así que cuando alguien me quiere comprar 10 Ferrari de una, imagínate la sonrisa.
Era la época de los cheques. Ya tenía un servicio para revisarlos, lo chequeé y salía todo bien. Llega la misma película de siempre: vienen a retirar, llegan con gente, y yo, esto es lo que más me duele de recordar, yo mismo les ayudé a cargar los autos a la camioneta. Les di la mano, conversamos, se fueron.
Esa misma tarde me llama alguien para advertirme que era una estafa, que me iban a robar. Raro, pero ya era tarde. El cheque, que el viernes salía impecable, el martes rebotó. Robado.
Esta vez decidí no quedarme cruzado de brazos. Fui a dejar la constancia, hoy es facilísimo, se hace por la Comisaría Virtual sin moverte de la casa, y después a la PDI. Y quiero agradecer públicamente a la Policía de Investigaciones, porque el oficial que me atendió me trató como un papá. Me explicó el mundo en el que me había metido, me dio lecciones que todavía aplico. Resultó que el que me estafó probablemente había sido estafado por su propio socio, que no le quiso pagar su parte, por eso la llamada de advertencia de esa tarde. Así de enredado es ese mundo, me explicaba el oficial.
Pasó el tiempo, me olvidé, me volví a levantar. Y mira cómo da vueltas el universo: tiempo después cerré una promoción enorme de Ferrari a pedales con una gran cadena, compartías un helado, te inscribías y podías ganarte un Ferrari Exclusive, que era la joya de la corona, valía como un millón y medio cada uno. Del robo a uno de los mejores negocios de la marca. Así es esto.
Y un día, como un par de años después, me llama la fiscalía: encontraron al hombre. Lo habían detenido, había estafado a medio Chile, y yo tenía que ir a declarar. Mi primera reacción fue "qué lata, no voy a ir". Pero me insistieron, y aprendí algo clave que te comparto: si te citan como testigo y no vas, te pueden ir a buscar y obligarte a declarar. Así de en serio es cuando el caso es grande.
Así que fui al centro de justicia, el que está al lado del Parque O'Higgins. Conocí un mundo súper freak, raro de verdad, de esos a los que esperas no tener que volver nunca. Me hacen pasar a la sala, y ahí está: el hombre que me dio la mano y me estafó, sentado con su abogada. Y enfrente, los jueces.
Me acuerdo de la escena como si fuera ayer. Una jueza presidía, seca, filosa, pan-pan-vino-vino, se notaba que era brillante. Al lado, un señor que tomaba apuntes. Y una jueza mayor que me miraba con una cara de cariño que yo interpreté como "a este emprendedor lo estafaron, pobrecito", la sentí como una abuelita protegiéndome. El fiscal, peinado impecable, tipo Lord inglés, peleando el juicio en serio, defendiendo a los emprendedores. Éramos más de 10 las víctimas citadas a declarar ese día. Solo de ese tipo.
Me preguntan: "¿Reconoce al señor?". Sí. El de la polera rayada, ahí al frente. Y ahí supe la dimensión completa: este hombre había diseñado las estafas junto a un socio, desde la cárcel. Yo no era uno de 100, era uno de más de 200.
¿Recuperé algo? Ni un peso. Nunca. Pero el tipo pasó un mal rato de verdad y estuvo preso. Y para un juez no es lo mismo alguien que se equivocó una vez que alguien con 200 estafas a la espalda, esa diferencia la marca tu denuncia.
Por eso esta es la lección más importante de todo el blog: aunque sepas que no vas a recuperar tu plata, denuncia igual. Ve a la PDI, a Carabineros, deja la constancia, habla. Es la única forma de que el Estado pueda hacer algo, de que esas estafas se sumen, y de que algún día ese tipo termine donde tiene que terminar. Si todos nos quedamos callados por resignación, ganan ellos.
El Tercer Ojo con Lupa
Hoy, con la tecnología y la IA en pleno auge, hay miles de nuevas maneras de estafar. Hace poco leí una estadística sobre cuántos miles de millones de dólares mueve el negocio de la estafa en el mundo, y es una locura. Hasta el jefe de mi sucursal bancaria me comentaba lo impresionante que se ha vuelto: siempre encuentran la forma, y si te pillan volando bajo, te friegan.
No tengo una fórmula mágica, pero sí algunos mandamientos que pagué caro por aprender:
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Chequeos dobles, siempre. En especial con pagos y cuentas bancarias que cambian a último minuto.
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El apuro es la herramienta del estafador. Cuando te metan urgencia, desconfía más, no menos.
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Ten una persona de confianza fuera del círculo de tu empresa. Un familiar, un amigo, un ejecutivo de banco de años. Cuando algo no te dé confianza, háblalo antes de actuar.
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Si no te conozco, no hay crédito. Sin culpa.
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El tercer ojo siempre abierto. La zona de confort es la que mata a los empresarios.
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Si te estafan, denuncia igual. Aunque no recuperes nada. Es la única forma de que el Estado actúe y de que el estafador sume cargos hasta caer.
Cuento mis historias con cariño y sin rabia, sin nombres, porque hoy vivo libre de rencor. Pero mi tercer ojo tiene una lupa que hace 10 años no tenía.
Y si tú estás partiendo, ojalá nunca te toque vivir algo así. Pero si te toca, porque a casi todos nos toca, quiero que sepas esto: de las caídas más duras es de donde más se aprende. Se cae, se sangra un poco, y se vuelve a remar. Siempre se vuelve a remar.
